Contrapunto entre tu boca y la mía parte 2.

Tus manos siempre cálidas eran un refugio para las mías, que ante la mínima ventisca se volvían tan gélidas como la Antártica. Tu ritmo cardíaco era imperturbable, el mío vivía en taquicardia.

Aquel día anaranjado llegaste a la plaza con la sonrisa brillante. Caminabas con seguridad, parecías saber dónde estaría esperando. El viento era fuerte, y un remolino de cabello entorpeció mi vista.

Escuché tu risa y el ventarrón cesó. Las palpitaciones nerviosas, como queriendo esconderse, provocaron una sonrisa.

—Hola —articulaste entre leves risas—. ¿Te estás escondiendo?

El tono fue de burla, pero el hoyuelo en tu mejilla izquierda delató su intención juguetona.

Soplé los mechones con falso fastidio, te me acercaste. Supe que era para ver mi reacción, pero aun así me inundó el nerviosismo. Se me escapó una risa, y mi corazón aceleró.

Tú estabas tranquilo, el sol decoró tu rostro, tus ojos cobraron más vida de lo usual. Tenías las pupilas dilatadas y las mejillas rojas, me inundó la tentación de besarte. Me quedé viéndote, parecías un retrato. Recuerdo que me detuve en tus pecas, dueñas de hasta el más pequeño milímetro de piel bajo tus ojos. No sabía que tendría la oportunidad de apreciarlas cada mañana.

—Sí —contesté, con falsa decepción—, y parece que no funciona. La próxima buscaré un mejor escondite.

—¿Habrá próxima? —me sorprendió tu sorpresa, por redundante que suene. Creí que te haría gracia, pero solo sonreíste.

—Es una corazonada —contesté, esta vez acercándome yo—. Pero ahora volvamos al hoy, ¿te parece?

Dejaste caer tu cuerpo junto al mío, te dedicaste a observar la plaza. Yo te observé a ti.

—Elegiste este asiento por la vista, imagino.

Tu comentario me tomó desprevenida, y asentí, como si te hubieses volteado a verme. Una vez que noté mi torpe acción, tardé unos segundos en volver a contestar.

—No. Me siento aquí porque el banco tiene mi fecha de cumpleaños tallada en el respaldo —admití—. Pocas veces observé la vista realmente.

Asentiste con lentitud, imaginé que pensabas.

—Veo que hoy tampoco es uno de esos días.

Quizá enrojecí, no sabría decirte. Sin embargo, mi cerebro actuó rápido por primera vez en años.

—Me gusta más esta vista, qué decirte.

La sonrisa tardó poco en aparecer, contagiosa, pues mi gesto de orgullo fue instantáneo.


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