La máquina del tiempo, parte 1.

Mientras me dedicaba a revisar los detalles de la máquina, que es dos veces más alta que yo y tan larga como un auto, no podía dejar de sonreír. Fueron años de trabajo duro: idear esta pieza tan única, cada martillazo, cada pedacito construido con mis propias manos. Años de sudor, dudas y errores, tiempo durante el que la fui construyendo de a poco, dando un paso para adelante y dos para atrás, recomenzando todo el tiempo. Pero ahora, al verla casi terminada, sabía que todo había valido la pena.

Terminé lo que estaba haciendo y di unos pasos hacia atrás para admirar mi trabajo. Tenía las manos en la cintura y el pecho inflado de orgullo. El gato que jugaba ahí cerca no parecía tan impresionado, pero yo le hablé igual.

—¡La máquina del tiempo está casi lista, Bob! Cuando la termine, voy a volver al día en que la conocí. Y voy a seguir todos sus pasos hasta el final.

Bob estaba entretenido con un pedacito de plástico que había encontrado en el piso y no prestó mucha atención a mis palabras. Pero yo sí las escuché, y escuché también las palabras que no tuve coraje de decir, pero que siempre estaban en mi pensamiento. En realidad las palabras no habladas eran las que me acompañaban todos los días, en todos los momentos mientras trabajaba en la máquina. Nunca había sido lo suficientemente valiente para sacarlas de mi cabeza, para decir en voz alta que lo que realmente quería hacer no era solamente viajar en el tiempo, sino cambiarlo.

La máquina era una invención de proporciones impresionantes para la ciencia y podría cambiar el mundo. Pero yo no estaba preocupado por la fama, el poder o la plata que esta máquina me podría brindar. Mi única motivación para construirla era una muchacha llamada Elisa.


Encuentra la segunda parte de esta historia el mes que viene.

Relato escrito por Regiane Folter. Puedes leer más textos como este aquí.

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