La máquina del tiempo, parte 2.

En algún lugar, que estaba al mismo tiempo cerca y lejos de aquella oficina, tres mujeres elegantes vestidas con sacos blancos inmaculados observaban al hombre que acariciaba un gatito gris. Durante un tiempo ninguna de las mujeres emitió palabra. Una de ellas, la más grande de las tres, fue la primera en hablar; había ternura en su voz cuando lo hizo.

—Como pueden ver, la mascota fue una buena idea. El gatito le ha traído un poco más de alegría y conexión con la realidad. Hacía mucho que no lográbamos que se conectara con nada fuera de su propia mente.

—¿Crees que él incorporó el animal a su ilusión? ¿O que está finalmente volviendo a la realidad? —preguntó otra de las mujeres. Era más joven y miraba al hombre con ojos fríos, clínicos. La que había hablado primero seguía observándolo también y de pronto se sintió muy triste.

—No creo que él vuelva a la realidad, ni hoy ni nunca. Han pasado muchos años y todo este tiempo ha vivido en un mundo imaginario. No creo que pueda volver a ser el de antes.

—Y ¿qué tal la máquina? —volvió a preguntar la otra mujer, sonando mucho más interesada en la invención que en su creador—. ¿Era solamente basura de una mente enfermiza?

—Ah, no, la máquina del tiempo funciona. Es increíble.

Las dos doctoras más jóvenes volvieron a encarar al hombre que estaba del otro lado del vidrio, impresionadas. La más vieja siguió hablando.

—Él nunca llegó a usarla. Enloqueció el mismo día que la terminó de construir.

—No lo puedo creer...

—Yo sí. Algunas veces queremos tanto algo que cuando realmente lo logramos no sabemos lidiar con eso. Es tan increíble como aterrador. Y él, así como tantos otros, se quebró frente a un sueño que casi se volvía real.

—¿Qué será de él? —preguntó la tercera, participando de la conversación por primera vez con voz tímida.

—Mientras la familia pueda seguir costeando el tratamiento y mientras tengan esperanzas, seguirá aquí con nosotras.

—Y ¿qué será de la máquina?

—Cambiará el mundo, por supuesto. Infelizmente, no cambiará el suyo.


Relato escrito por Regiane Folter. Puedes leer más textos como este aquí.

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