La mano que sujeta el cuchillo.

El hombre estaba sentado en una silla, fuera del teatro, con un guion en la mano. Alrededor de la silla —una vieja silla de un teatro antiguo—, una cinta amarilla como las que utilizan en las escenas del crimen. Detrás de él, un mensaje en blanco sobre una pared negra, que rezaba: ¡Abrid los teatros ya!

La gente circulaba por su lado, con sus tapabocas, su paranoia, su indiferencia. Lo ignoraban como a un vagabundo, enclaustrado en su propia cabeza.

No era un vagabundo.

No era un delincuente.

Era un artista.

En la acera de en frente, una turba de gente se amontonaba con carteles. Los canales de televisión apuntaban todos hacia allí. Cada cartel estaba impreso en papel satinado de primera calidad, y había pancartas con el logo de la… ¿empresa? ¿Iglesia?

«Dios nos salvará». «Abran las iglesias ». «Jesús nos guiará».

El hombre se mantuvo allí a lo largo de toda la manifestación, y solo recibió miradas de reproche de algún camarógrafo que se le acercaba para enfocar desde ese ángulo a la gente que protestaba frente a la iglesia.

Los camarógrafos se fueron. Las protestas comenzaron a apagarse. Y al final, quedó solo un hombre sentado a una silla, con un guion de Macbeth en la mano, viendo cómo un país viraba cada vez más hacia la mano que sujeta el cuchillo.

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