Relato: El gigante.

Fue un día ajetreado, como siempre. Las nubes comenzaron a formarse en el cielo, y supo que el trabajo podría complicarse si arreciaba la lluvia. Esquivó los pozos y las huellas de los hombres. Comprobó que las cosas se habían complicado, efectivamente, pero a una escala mucho mayor de la que podía comprender. El silencio que se impuso era tan inquietante como los terremotos explosivos que había vivido durante meses. Cierto que estaba lo bastante lejos como para no salir lastimado, pero, aun así, fue traumático.

Sin embargo, aquel día se había roto la rutina. Su especie no era muy curiosa, pero se quitó de encima la carga y levantó la vista, evaluando si podía transportarlo, aunque luego se dio cuenta de que era inútil. No era comestible.

Al principio no supo con qué se había topado en el camino; nunca había visto algo así. Luego ató cabos con el paisaje circundante y cayó en la cuenta. Lo más preocupante seguía siendo el silencio; el silencio que sigue a una batalla es un silencio lleno de otros silencios más perturbadores; el silencio de la vida escapándose en una mirada, el silencio hueco luego del chasquido que amartilla un arma. El silencio del odio, del miedo y el orgullo casi entremezclados, de luchar por una causa a raíz de una bandera manchada de sangre y pérdida.

El objeto en sí era cinco veces más alto que su propio cuerpo, cilíndrico y con una base en la que podía estarse erguido. La luz opaca que se filtraba detrás de las nubes generaba destellos en él.

Para una simple hormiga era imposible pensar que un objeto insignificante pudiera comenzar algo tan grande como lo que ocurrió luego de aquella muerte. En el suelo aún quedaban restos de sangre, y la ciudad de Sarajevo, capital de la provincia imperial de Bosnia y Herzegovina, comenzaba a vivir sus primeras horas de inquietudes. Aquel casquillo olvidado en la acera había matado al archiduque de Austria, Francisco Fernando, generando los primeros compases de la Primera Guerra Mundial.

Para la humanidad fue algo más grande de lo que aquella hormiga pudo distinguir. Una sola bala, que luego se convertiría en un insignificante casquillo, fue capaz de aplastar a millones. Sin embargo, la hormiga siguió su camino, retomando la carga de su preciado alimento, y esquivando aquel objeto.


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